SINALTRAINAL
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© Hans Küng
La Ciencia y la Ética Mundial
Introducción
«¡Sea la luz!»: así describe en sus primeras frases la Biblia hebrea el «principio» de «cielo y tierra». «Desordenada y vacía» se encontraba la tierra: «Las tinieblas estaban sobre la faz del abismo y el espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas». Antes que cualquier otra cosa, antes incluso que el Sol, la Luna y las estrellas, fue creada la luz. En su oratorio La Creación, Joseph Haydn ha sonorizado este hecho con una intensidad que no pueden alcanzar las palabras y que mejora incluso la representación que de él hizo Miguel Ángel en la Capilla Sixtina: con el sorprendente tránsito fortissimo del oscuro mi menor al triunfal y resplandeciente do mayor que realiza toda la orquesta, las palabras bíblicas sobre la luz fueron, por así decir, musicalmente recreadas.
Pero, me preguntará el científico, ¿cree usted de verdad, como muchos fundamentalistas, y no sólo en Estados Unidos, que la Biblia da respuesta a la pregunta por excelencia de la cosmología, a saber, la pregunta por el origen de todas las cosas? ¿Acaso defiende usted una fe bíblica así de ingenua, no ilustrada, en un Dios antropomorfo que ha creado el mundo en seis «días»? Claro que no: precisamente porque deseo tomarme la Biblia en serio, no puedo leerla al pie de la letra.
«¡Sea la luz!»: tal era también, y con razón, el eslogan de la «I-lus-tración», que se inició en Inglaterra («En-lightenment») y Francia («les Lumières») con la pretensión de ayudar al ser humano mediante la razón a «salir de la minoría de edad en la que, por propia culpa, se encontraba» (I. Kant). Ilustrados eran todos los llamados «amigos de la luz», gente piadosa que también en la Iglesia abogó desde muy pronto por la libertad de investigación, así como por un anuncio del Evangelio que estuviera a la altura de la razón y de los tiempos, sin coacciones ni tutela espiritual. Y todos ellos tenían de su parte a aquella ciencia poscopernicana que, en último término, salió victoriosa del proceso de la iglesia romana contra Galileo Galilei. Así pues, ¡no se puede hacer como si no hubieran existido Copérnico, Galileo, Newton y Darwin!
Pero ahora soy yo quien le pregunta al científico: ¿no nos ha conducido a veces la razón ilustrada también al error? Con todos sus progresos triunfales, ¿no ha ideado también, y en medida creciente, asesinas maquinarias de guerra? ¿No ha destruido de múltiples maneras los fundamentos naturales de la vida, hasta el punto de que hoy muchas personas temen por el futuro del planeta? En efecto, como ha sido analizado con agudeza por Max Horkheimer y Theodor W. Adorno, la racionalidad científico-técnica puede transformarse en irracionalidad. ¿No sería quizá necesaria también una visión distinta de la que ofrece la ciencia?
Ya la investigación filogenética arroja como resultado que la mente humana, lejos de haber caído del cielo, es fruto de la evolución. Consignamos que el cerebro humano no es único; algunas capacidades mentales del ser humano se hallan ya en forma rudimentaria en los simios antropoides. Por eso, partimos de que, sin cerebro, no hay mente y de que, sin la actividad de determinados centros cerebrales, no hay operación mental. Pero entonces, se plantea la pregunta decisiva, una pregunta que no debe ser encubierta teológicamente:
1. El libre arbitrio, ¿una ilusión?
Los investigadores del cerebro constatan un número cada vez mayor de correlaciones entre la aparición de un determinado proceso o estado de conciencia y la actividad de una determinada región cerebral (identificable macroscópicamente) o de los (microscópicos) circuitos neuronales que la componen. Estos conocimientos, incuestionables, constituyen una grata noticia. Ahora bien, algunos neurofisiólogos han comenzado a extraer de estos descubrimientos tesis de gran alcance sobre la conciencia del yo o la autoconciencia del ser humano: aunque nos experimentamos a nosotros mismos como libres en nuestras voliciones, decisiones y acciones, la ciencia nos muestra que nos engañamos. El cerebro, con sus procesos neuronales inconscientes, se adelanta sin cesar a nuestra voluntad.
Por tanto el sentimiento de ser los autores de nuestras acciones constituye una ilusión tan pertinaz como la antigua idea de que el ser humano ocupa el centro del Universo. De hecho, todas nuestras intenciones, decisiones, ideas y deseos estarían, a su juicio, determinados por procesos fisiológicos. Todo se hallaría dirigido por el inconsciente, por el sistema límbico, donde ya en la infancia se decidiría si una persona se convertirá o no en delincuente sexual al crecer. Esta concepción plantea ciertamente la pregunta por las consecuencias que la aplicación de tales conocimientos neurofisiológicos tendría para el derecho y la ética.
2. Límites del estudio científico del cerebro
Por supuesto, existen numerosas reflexiones sobre los fundamentos biológicos de la conciencia del yo; pero ¿pueden cerrar verdaderamente estas interesantes especulaciones la laguna explicativa existente entre los procesos físicos y la conciencia? No; cuanto mayor precisión alcanzan los neurocientíficos a la hora de describir el funcionamiento del cerebro, más evidente se hace que todas sus mediciones y modelos no captan lo que justamente constituye el aspecto central de la conciencia: la interiorización subjetiva de cualidades como el color o el olor, de una reflexión o una emoción.
Ni siquiera procedimientos de obtención de imágenes tan sofisticados como «la ciber-frenología» pueden realizar de hecho el sueño de una corporeización del espíritu. Algún lejano día, esperan algunos, la neurobiología teórica complementará la investigación clásica del cerebro igual que la física cuántica amplió la mecánica clásica, «para entender, por así decir, la tabla de multiplicar del cerebro». Es posible; pero eso, sin ambages, quiere decir: de momento, el estudio científico del cerebro no ofrece ninguna teoría empíricamente contrastable sobre el nexo existente entre la mente y el cerebro, entre la conciencia y el sistema nervioso. En ese sentido, cabe esperar que, en el futuro, todos los estudiosos del cerebro se guarden de afirmaciones reduccionistas y se atengan a las frases conclusivas de su manifiesto: «Pero ningún progreso terminará en un triunfo del reduccionismo neuronal. Aunque alguna vez llegáramos a explicar la totalidad de los procesos neuronales que subyacen a la simpatía que el ser humano puede sentir por sus congéneres, a su enamoramiento o a su responsabilidad moral, la autonomía de la ‘perspectiva interna’ permanecería intacta. Pues tampoco una fuga de Bach pierde nada de su fascinación cuando se comprende con exactitud cómo está construida. La investigación del cerebro tendrá que distinguir con claridad entre lo que está legitimada para afirmar y lo que queda fuera de su ámbito de competencia, igual que la ciencia musical —por seguir con el mismo ejemplo— puede decir algo sobre las fugas de Bach, pero no tiene más remedio que callar en lo atingente a su singular belleza».
3. Experiencia de la libertad
En su auto-comprensión cotidiana, los propios investigadores del cerebro presuponen sin cesar que ellos mismos, sus colaboradores y sus pacientes son sujetos responsables de las acciones que realizan. El hecho de explicar esta auto-comprensión como simple epifenómeno delata un dogmatismo determinista que ha de ser cuestionado.
El individuo experimenta una y otra vez a los demás como impredecibles a causa de su libertad; y parecida experiencia tiene de sí mismo. Así, a menudo ocurre que una persona dice «no» cuando se espera de él un «sí» y, al contrario, dice «sí» cuando se espera de él un «no». Por eso, y aunque las personas nos dejamos guiar con demasiada facilidad por el instinto gregario, los pronósticos electorales y bursátiles yerran con frecuencia. En mí mismo experimento como hecho incontrovertible lo siguiente: por muy dependiente que sea tanto interior como exteriormente y por muy determinada que esté mi existencia, tengo conciencia de que, en último término, esto o aquello queda a mi discreción: si hablo o me callo, si me levanto o sigo sentado, si prefiero esta o aquella bebida, esta o aquella prenda de vestir, este o aquel viaje. Aunque mi cerebro decida espontáneamente que mis ojos miren a una persona determinada o que mi pie evite un obstáculo: en cuanto, a diferencia de los citados experimentos, no se trata sólo de breves procesos físicos (por ejemplo, levantar un brazo o un dedo), sino de procesos que requieren más tiempo y me exigen reflexión —por ejemplo, la elección de profesión, la aceptación de un empleo, la búsqueda de pareja—, no tengo más remedio que confrontarme con diferentes contenidos de pensamiento y alternativas de acción, debo decidirme y, dado el caso, corregir incluso mi decisión. Aquí, toda mi biografía ha de ser tenida en cuenta.
En lo que atañe a la explicación del enigma de la aparición de la mente en el ser humano, el moderno estudio del cerebro no ha logrado, ni de lejos, los éxitos alcanzados por la microbiología en la explicación del surgimiento de la vida. Apenas presta atención al cosmos mental con todas las maravillas de la ciencia, el arte, la música, la cultura, la filosofía y la religión, a pesar de que estos poderes imprimen su sello en los procesos neuronales.
Por consiguiente, las fascinantes imágenes del cerebro sólo ofrecen por ahora información sobre dónde tienen lugar el pensar, el querer y el sentir, pero no —eso es lo que hemos constatado— sobre cómo acontecen y aún menos sobre cuáles son sus contenidos. Quien observa los patrones de excitación neuronal en absoluto ve al ser humano sintiendo, pensando, queriendo. Un mapa no es un paisaje; un cartógrafo no es un geógrafo y aún menos un caminante. Los diferentes colores con que aparecen marcadas las zonas cerebrales que intervienen en la escucha de música o en la contemplación de una imagen no hacen que resuene la música, ni que ante nuestros ojos surja una imagen real.
Los neurobiólogos sólo perciben en el cerebro lo que es medible y verificable experimentalmente. Pero, desde esta perspectiva, no resulta posible describir de manera adecuada el mundo de los sentimientos humanos, ni la libertad, la voluntad, el amor, la conciencia, el yo o el sí mismo. ¿Y cómo van a descubrir entonces los neurobiólogos en el cerebro que lo que diferencia al ser humano de los animales no sólo es la posibilidad de autorreferencia, sino también la referencia a lo trascendente (al margen de lo que cada cual opine al respecto)? El escalón superior del conocimiento es el conocimiento de uno mismo. Sólo el cerebro humano ha conseguido «desarrollar una idea abarcadora de la esencia del ser humano y de su lugar en el mundo... la idea de la conciencia trascendental (o trans-personal o cósmica)». Existe toda una serie de actitudes fundamentales (hoy a menudo olvidadas) para usar el cerebro de forma más abarcadora, compleja y entrelazada que hasta ahora: «... confianza en el sentido de la realidad, honradez, humildad, cautela, veracidad, fiabilidad, compromiso...».
Libertad: una experiencia, por tanto, no sólo del pensar y el sentir, sino del hacer. Pero también una experiencia de la omisión, del fracaso y de la culpa. Pues, al actuar, también puedo vivir una experiencia inmediata de tal negatividad: no lo he hecho, pero debería haberlo hecho; lo prometí, aunque luego no he mantenido mi palabra; yo soy el culpable, reconozco mi culpa, pido perdón; pero también reclamo al otro que reconozca la culpa que le corresponde a él en vez de a mí...
En efecto, ¿qué sería la moralidad sin responsabilidad? ¿Y la responsabilidad sin libertad? ¿Y la libertad sin compromiso? Justo en una época de amenazante falta de orientación, fundamento y sentido, es necesario —por mor de la amenazada humanidad del ser humano, urgida de refuerzo— tomarse esta pregunta muy en serio, reflexionando al mismo tiempo sobre lo siguiente: ¡también la moralidad, la ética del ser humano se ha desarrollado poco a poco! Y, sin embargo, a pesar de todos los cambios que ha experimentado desde la hominización del ser humano, manifiesta una cierta continuidad.
4. Los inicios de la ética humana
La pregunta por el principio de todas las cosas incluye también la pregunta: ¿de dónde proceden determinados valores, criterios y normas éticos? También de ella nos vamos a ocupar con la necesaria brevedad y concisión.
Tampoco los teólogos deberían negar que la conducta ética del ser humano está anclada en su naturaleza biológica. Con razón subrayan los sociobiólogos como Alfred Gierer la importancia de los factores evolutivo-biológicos en la evolución hacia el comportamiento ético: al principio, el ser humano, emergente del reino animal, se orientaba de forma ante todo egoísta y así tenía que ser. Justo en las primeras fases de la hominización, el ser humano, en aras de su supervivencia, se hallaba estrechamente ligado a las condiciones biológicas básicas tanto como coyunturales. Pero ya en los animales superiores se constata una conducta cooperativa inscrita en los genes, sobre todo entre parientes o individuos socialmente vinculados entre sí. Quizá pueda hablarse ya aquí de una suerte de altruismo «recíproco», entendido como una disposición a ayudar a otros a costa del propio interés, aunque no exista intención consciente: «Hoy por ti, mañana por mí». Los servicios se ofrecen a cambio de contraprestaciones futuras.
Por eso, los investigadores de la vida social hacen hincapié, también con razón, en los factores socioculturales, que en todas las sociedades desempeñan un papel en la conducta ética. De hecho, una interpretación biológico-mecanicista no basta para explicar el origen de los valores y criterios éticos. No cabe duda de que, en el ser humano, la capacidad lingüística genera también una singular capacidad de cooperación que, por muy basada que esté en una facultad de aprendizaje inscrita en los genes, ha de ser aprendida socialmente. Junto con la evolución del pensamiento estratégico se desarrolló también la capacidad de empatía, o sea, de comprender y compartir los temores, expectativas y esperanzas de otros, algo que se convirtió en elemento fundamental de la conducta social humana.
Una vez concluida la época de las hordas de cazadores y recolectores, el desarrollo cultural avanzado pudo llevarse adelante sobre la base de las condiciones biológicas fundamentales. Las normas, los valores y las ideas éticas concretas se fueron configurando poco a poco en el curso de un proceso socio-dinámico de suma complejidad. En este sentido, algunos teólogos morales abogan por una «moral autónoma». Allí donde apremiaron las necesidades vitales, allí donde se hicieron manifiestas urgencias y necesidades interpersonales, allí se impusieron desde el principio orientaciones para la acción y criterios regulativos de la conducta humana: determinadas convenciones, instrucciones, costumbres; en una palabra, criterios, reglas y normas éticos. Los cuales fueron ensayados por doquier por la humanidad en el curso de los siglos, es más, de los milenios. Por así decir, tuvieron que ir sedimentándose.
No hay ningún pueblo sin religión y, mucho menos, sin ética, esto es, sin unos valores y criterios del todo concretos. Ya en las culturas tribales se encuentran normas no escritas, no formuladas en forma proposicional; una ética familiar, grupal, tribal, transmitida en relatos, parábolas y comparaciones, una ética que —si es reconocida como «buena»— universaliza:
— un sentido de reciprocidad, justicia, generosidad (como, por ejemplo, en el intercambio de regalos);
— un profundo respeto por toda forma de vida (como, por ejemplo, en las reglamentaciones de conflictos, en el castigo de la violencia, en la forma de tratar a la naturaleza);
— determinadas reglas para la convivencia de los dos sexos (como, por ejemplo, en la prohibición del incesto y en el rechazo del libertinaje);
— gran respeto por los mayores (y, al mismo tiempo, atención a los pequeños).
Es llamativo que ciertas pautas éticas elementales parecen ser semejantes en el mundo entero. A juicio de los antropólogos culturales, las normas éticas no escritas constituyen la «roca» sobre la que se levanta la sociedad humana. Esta roca se puede denominar «ética primigenia» (Ur-Ethos), la cual constituye el núcleo de una ética humana común: la ética mundial (Welt-Ethos). Y ello no precisamente en el sentido de una única «religión primigenia» (Urreligion), existente (pero de hecho no constatable) en alguna tribu o algún pueblo. Al contrario, tal «ética primigenia» se encuentra en todas las tribus y pueblos. Así pues, la «ética mundial» no sólo tiene su fundamento (sin-crónicamente) en las normas fundamentales hoy comunes a las distintas religiones, sino también (dia-crónicamente) en las normas fundamentales de las culturas tribales que ya se impusieron en tiempos prehistóricos (antes de las primeras fuentes escritas). Aunque, por supuesto, no toda norma es elemento de una ética dada ya en el origen, con el fin de acentuar la continuidad existente en medio de todas las transformaciones, cabe afirmar lo siguiente: la ética mundial que hoy se vive en el espacio se basa en último término en una ética primigenia dada biológica-evolutivamente de antemano y ensayada en el tiempo.
Soy de la opinión de que los casos de abusos y desmesura, incluso de la mentira y el engaño, que desgraciadamente se encuentran hoy en día también en la ciencia, no se combaten primordialmente con la elaboración de una detallada ética das ciencias, sino con la reflexión sobre una ética civil general. Se trataría así, por ejemplo, de reconocer y respetar el principio, válido para toda actividad científica, de la sinceridad para consigo mismo y para con los demás. «La crisis de credibilidad que se ha diagnosticado» es también una «crisis ética», tal como lo ha formulado el filósofo alemán Jürgen Mittelstrass (Constanza). Habría que empezar por volver a introducir en la conciencia científica una ética científica. Se trata de «un saber implícito de orientaciones y reglas que requiere menos ser dominado teóricamente que aplicado en la práctica» (Mittelstrass).
Esto es precisamente lo que intentamos con nuestro Proyecto de una Ética Mundial, tanto en el campo de la economía como en el de la ciencia, pero también en la educación y la formación (desde el jardín de infancia hasta la universidad), y lo que al mismo tiempo ponemos en claro: la cuestión fundamental, que se plantea una y otra vez, de unos sistemas de valores y normas globales transculturales es perfectamente susceptible de hallar una respuesta. En la Declaración de una Ética Mundial del Parlamento de las Religiones del Mundo reunido en Chicago en 1993, y en los documentos que en ella se basan (Dokumentation zum Weltethos, Munich, 2002) estos principios se formulan de la manera siguiente.
Temos, todos que vivemos,
Uma vida que é vivida
E outra vida que é pensada,
E a única vida que temos
É essa que é dividida
Entre a verdadeira e a errada.
(Fernando Pessoa)
Universidad Pedagogica Nacional